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Tengo que empezar a hacerme una vida: he tenido pesadillas las dos noches anteriores y hoy estoy que me muero de entusiasmo por irme a dormir.
Tengo que empezar a hacerme una vida: he tenido pesadillas las dos noches anteriores y hoy estoy que me muero de entusiasmo por irme a dormir.
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Me regreso de dar una vuelta por la ciudad algo sorprendido de las tristezas que pesqué. Lo inesperado es que no son mías, son de Santa Ana. De ella. Santa Ana, algo que es casi nada. Muy pequeña, este pueblón grande. Donde todo debería ser calles de carnaval, euforia y alegrías pasajeras solo es silencio, puertas cerradas y abandono hostil. No tiene utilidad alguna, hay que dinamitar esa catedral, volver a los cerros y vivir fiestas con los árboles. Un vehículo pasó junto a mi, el motor era bullicioso en extremo. Era un modelo de colección, fabricado en los años cincuenta, lo he visto antes estacionado en alguna parte. ¿Lo conducía alguien? Yo creo que si. Supuse una silueta tras el volante. El carro desapareció al llegar al parque, ya no hubo ningún otro sonido. Ni siquiera mis pasos, porque el oido se acostumbra a los rumores continuos. Me podría sentar en una banca y esperar a que amanezca, sin embargo estoy seguro que ocurriría algo, cualquier cosa y no el alba. Una bifurcación hacia otra oscuridad sin salida, hacia la melancolía permanente, hacia algún purgatorio personal. Me pregunto que hay en los últimos pisos de ese viejo edificio. Las veces que paso cerca me quedo de pie en la acera, alzo la vista y solo descubro ventanas cerradas, sucias. Me perturba que pueda existir algo asi. Me perturba más el hecho de que no lo puedo olvidar ni sacarmelo de la mente. Ya no hay buses a esta hora o están pasando los últimos del día. Creo que esperaré uno debajo de esta farola macilenta.
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Etiquetas: Revolución
...una cosa que aún me mueve: el trash metal de Kreator.
Lo demás es puro terror. El afuera.
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Me detengo donde la acera está quebrada. Le faltan incluso algunos ladrillos, las puntas de mis zapatos se asoman por el borde de este cráter enano. La gente se pregunta que es lo que miro. Algunos se cambian de lado y siguen caminando. A mi la verdad ver semejantes desperfectos me pone nostalgico, me sugiere una fantasía donde acaece un evento desastroso y deja destruída y sin habitantes la ciudad. Una cosa asi equipararía la soledad interior con la desolación exterior. Pienso en un planeta con menos gente y más vacío.
No me guardes rencor, traseúnte.
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"Nacistes para la locura y para la luz..."
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No hay nada más exultante que caminar por el mercado del centro de la ciudad un domingo a las seis y treinta de la tarde. De veras. Las sórdidas cunetas, el asfalto negro como la noche próxima, los puestos en silencio y recogidos, tapados y sobre todo la basura y residuos tirados en el suelo me dan la medida de las cosas que puedo soportar.
Como la calle es estrecha y además está más achicada por los puestos la circulación de los buses se hace dificultuosa. Pues venía una de estas chatarras con matrícula maniobrando torpemente en el fondo de la calle. Todo estaba en silencio y a oscuras, solo unos cuantos focos amarillos, macilentos brillaban a pesar de la desgracia universal. Los faroles del autobús le provocaban lucir, sinceramente, lúgubre. Pero un tipo salió de la nada, caminando contrariamente a mi. Noté que era un vendedor que estaba por irse a su casa, o un cargador que almacenó la mercancía que no se vendió, cualquier ente común en este ambiente. Me dió la impresión de rudeza y hostilidad. Estabamos por encontrarnos y el bus pasaba a nuestro lado, solo había disponible una porción de acera, el calor de la carrocería me caía en el cuello. No se bajó, como si le asistiera algún derecho o privilegio. Pensandolo más si le asistía algo: el derecho de ser fuerte y de encontrarse en su medio. Yo bajé un pié hasta el punto de que nos rozamos y no pasaron las cosas a situaciones agresivas. En realidad no había porque. Sin embargo la realidad tiene muchas facetas, jajaja.
Vale.
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-Tú se bueno, que todavía puedes serlo. Yo ya no. Se me terminó ese privilegio.
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